sábado, 9 de octubre de 2010

Nosotros, la tierra, y el clima

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me senté a escribir aquí. Por motivos desde la auténtica falta de un lapso de tiempo que pudiera dedicar enteramente a ordenar mis ideas y redactar algo coherente, hasta la falta de ideas mismas, refiriéndome a ideas que valga la pena externar, porque ideas per sé, las hay por kilos. De esta manera, y abusando de los pocos tropos a los que mi estilo puede acceder, mi teclado se encuentra entumido, y mi aparato verbalizador, acartonado. Me encuentro en un estado de parálisis semejante al que se sufre estando en la mesa de una boda con gente desconocida, cuando se lucha por encontrar un punto común y una conversación sensata en la que nadie se desmaye de aburrimiento. Así, como todo amateur de la interacción social, recurro... al clima.

¿Ya vieron como entramos al invierno?
¡Fue como si le hubieran bajado el "switch" al verano!

Si, y la verdad, es preocupante.

Creo que colectivamente nos estamos acostumbrando a lo que debiera de ser permanentemente considerado como anómalo. En varias esferas de nuestra vida, nos ha ocurrido lo mismo que a la rana hervida: aquella que se metió en una olla con agua tibia sobre el fuego, y como la temperatura subió lentamente, la rana no se dio cuenta cuando el agua ya estaba demasiado caliente, y la rana misma estaba muerta. Los cambios progresivos nos hacen pensar que las cosas siempre fueron así. 

Al parecer, no notamos que nuestro aire se volvió marrón grisáceo, y que respirarlo nos irritaba y enfermaba. No nos dimos cuenta cuando dejamos de tener cuatro estaciones al año y empezamos a tener cuatro estaciones al día. Asimismo, hemos desertificado ecosistemas terrestres y marinos, y al voltear hacia ellos, nos parece que nunca hubo vida ahí. Colectivamente, pensamos que podíamos emprender grandes acciones sin tener grandes consecuencias. 

Aún ahora, he leído opiniones de científicos muy serios, importantes, reconocidos e inteligentes, que afirman que el cambio climático no es producto de las acciones humanas. Yo no soy nadie para refutar ésta idea, ni afirmar categóricamente lo contrario. No soy físico de la atmósfera, y no entiendo los complejos procesos que involucran el clima y el equilibrio ecológico. Sin embargo, hay principios fundamentales que se cumplen en todo el universo, y bajo los que emprendo mi análisis. No son leyes científicas, y con ellas no se pueden dar conclusiones cuantitativas, aunque tal vez si cualitativas:

1. A toda acción le corresponde una reacción (tiene que ver con algo que dijo Newton, pero no me refiero a la ley física solamente).
2. Un sistema físico, es más inestable mientras más complejo es.

Siguiendo esa línea de pensamiento, es inconcebible que al introducir alteraciones en un sistema tan complejo como es la atmósfera, éste no presente cambios.

El hecho es que las lluvias, las sequías, el calor del verano y el frío del invierno son más intensos. La temperatura del mar se ha elevado, lo que disminuye la concentración de oxígeno, lo que mata a las algas, con lo que muere la fauna marina. Además, los agroquímicos tienen como destino último el mar, donde fertilizan al fitoplancton y alteran su concentración provocando un efecto dominó en todas las cadenas tróficas del océano, y si fuera poco, se pesca más de lo que el océano puede recuperar, más la navegación, más los accidentes petroleros. Y así podría seguir con el resto del planeta.

No conformes con lo que la ciencia ha comprobado y re-comprobado, también hay otros rumores y teorías que suenan descabelladas, pero que bien podrían tener algo o mucho de verdad. Hablo principalmente del proyecto HARP. El hecho es que en Alaska, en un lugar apartado de la civilización, el ejército estadounidense tiene un conjunto de antenas con una potencia gigante. Ninguna aplicación conocida requiere de semejante potencia para una transmisión. El gobierno estadounidense y su ejército no hablan mucho del tema y los detalles se mantienen como información confidencial. Al parecer, Estados Unidos no es el único país que ha construido algo así, pues hay información de que al menos en China, Israel y Rusia hay algo parecido. Los rumores sugieren que éstas antenas transmiten en frecuencias de radio bajas, y que su objetivo es transmitir energía a la ionósfera, donde cederían su energía para calentar una sección de la ionósfera, lo que elevaría dichas partículas, provocando una zona de baja presión y exceso de partículas cargadas eléctricamente, lo que produciría cambios en el clima de algún lugar.

Hay quien dice que a través de ésta técnica se pueden producir tormentas, sequías e incluso monzones o huracanes. Se dice también que aún no se tiene control absoluto sobre dónde y cómo impacta en el clima, y aún se hacen pruebas en donde se encienden las antenas y posteriormente se observa el clima global buscando anomalías. Luego, por estadística, intenta inferir un modelo que describa las alteraciones que producen las ondas de radio.

De ser cierto, el sólo hecho de que se intente algo así, sería de una irresponsabilidad brutal, y de lograrse, otorgaría un poder obsceno al país que pueda controlar el clima a su antojo. Lo más peligroso, es que el proyecto sea impulsado por el ejército, pues todo el buen potencial que tiene algo así (y vaya que se podrían hacer cosas buenas con esto), se tira por la borda al ser pensado como arma.

Esto nos conduce irremediablemente a repensar nuestra influencia en la solución de nuestros problemas ambientales y climáticos. ¿Sirve de algo que haya cambiado los focos incandescentes por ahorradores? ¿Sirve de algo que me transporte en bicicleta pensando en que no calentaré la atmósfera al no usar coche?

Aún siendo posible el control del clima, pienso que si sirve todo lo que podamos hacer. ¿Por qué?
Simplemente por que es un acto de consciencia, y la consciencia es indispensable para lograr cualquier cambio positivo en nuestras vidas, y en la Tierra misma.










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